La fidelidad de Dios

La historia nos muestra que Dios es fiel.

Él Cumple sus promesas, pero también corrige con justicia. No depende del poder humano ni de la estrategia militar, como nos enseñó Caleb, sino de la obediencia y la confianza en Dios. Y aunque Moisés no entró en la tierra prometida, tuvo el honor de morir en amistad con Dios, quien mismo lo enterró reconociéndole como su siervo, sin que hubiera un profeta como él.

Su legado fue espiritual: condujo al pueblo hasta la frontera de la promesa, y dejó un ejemplo de liderazgo humilde y obediente.

Predicador

SEBASTIÁN DIONICIO
Vida Abundante San Jerónimo

Predicación: La Fidelidad de Dios
Fecha: Octubre 5, 2025
Pasaje: Deuteronomio 34, Números 13, Números 14, Números 20

Dios había prometido a los israelitas una tierra buena y abundante: la tierra prometida. Pero llegar a ella no fue fácil, porque el pueblo, una y otra vez, dudó del poder de Dios y se rebeló.

Moisés envió espías para reconocer la tierra de Canaán. La mayoría regresó con miedo, diciendo que los enemigos eran gigantes y que Israel no tenía fuerzas para vencerlos. Solo Caleb y Josué hablaron con confianza. Caleb animó al pueblo porque sabía que Dios estaba con ellos, y su fe no dependía del tamaño del ejército de Israel, sino de la presencia del Señor.

A pesar del buen testimonio de Josué y Caleb, el pueblo se quejó contra Dios y deseó volver a Egipto. Por esta falta de fe, Dios decidió que esa generación no entraría a la tierra prometida. Solo Caleb y Josué, por su confianza, recibirían esa bendición. Dios, una vez más, mostró que cumple lo que dice, pero lo hace a su manera y en su tiempo, no conforme a la voluntad humana.

Más adelante, Moisés, en vez de obedecer exactamente lo que Dios le mandó, golpeó la roca para sacar agua, en lugar de hablarle como Dios le había ordenado. Esta desobediencia, aunque parezca pequeña, tuvo consecuencias. Dios le dijo a Moisés que, por no haberle honrado delante del pueblo, no entraría en la tierra prometida.

Desde la cima del monte Nebo, Dios le permitió ver la tierra que había prometido a Abraham, Isaac y Jacob. Pero Moisés no entró en ella. Murió allí, y fue Dios mismo quien lo sepultó en un lugar que nadie conoce. Esta decisión divina fue sabia:

Si Dios le hubiera dado una tumba visible a Moisés, el pueblo quizás la habría convertido en un lugar de idolatría, desviándose otra vez del verdadero culto a Dios.

Así podemos aprender que la fidelidad de Dios es hacia Su justicia y Su nombre, y siempre cumplirá lo que ha dicho conforme a su voluntad, aunque a veces para ello tenga que corregir con justicia.

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