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Una Fe confiada en la palabra de Dios

Habacuc no solo está observando la justicia de Dios: está descansando en ella. El profeta entiende que Dios es santo, omnipotente, omnisciente, inmutable y lleno de amor. Por eso puede confiar en que todo mal será confrontado y todo abuso será juzgado.

En esta predicación descubrimos que la fe bíblica no se sostiene en explicaciones humanas, sino en el carácter de Dios. Cuando reconocemos quién es Él, entendemos por qué la violencia, la corrupción y la idolatría no pueden permanecer sin respuesta.

“Mas Jehová está en su santo templo; calle delante de él toda la tierra.” —Habacuc 2:20 (RVR1960)

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Una Fe convencida del Juicio de Dios: Los 5 ayes (2a Parte).

Habacuc no solo está observando la justicia de Dios: está descansando en ella. El profeta entiende que Dios es santo, omnipotente, omnisciente, inmutable y lleno de amor. Por eso puede confiar en que todo mal será confrontado y todo abuso será juzgado.

En esta predicación descubrimos que la fe bíblica no se sostiene en explicaciones humanas, sino en el carácter de Dios. Cuando reconocemos quién es Él, entendemos por qué la violencia, la corrupción y la idolatría no pueden permanecer sin respuesta.

“Mas Jehová está en su santo templo; calle delante de él toda la tierra.” —Habacuc 2:20 (RVR1960)

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Una Fe convencida del Juicio de Dios: Los 5 ayes (1a Parte).

De esta lección podemos aprender que Dios no solo observa la injusticia: la hace evidente, la expone para redarguir al injusto y la condena obrando juicio contra ella públicamente. Los cinco “ayes” de Habacuc son como cinco campanadas proféticas que anuncian el juicio divino sobre un sistema corrupto.

En los dos primeros, vemos a Dios enfrentando a quienes acumulan riqueza injusta y construyen seguridad basada en el abuso. En pocas palabras: si tu imperio está hecho con sangre, prepárate para rendir cuentas.

Porque…

«No hay justo, ni aun uno» – Romanos 3:10

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Una Fe Llamada a Actuar: Más el justo por la fe vivirá.

Habacuc 2:1-4 es uno de los pasajes más determinantes del Antiguo Testamento para entender cómo Dios forma, purifica y afirma la fe de su pueblo. El profeta, confundido por la injusticia de su nación y por el aparente silencio de Dios, decide tomar postura: subir a la atalaya, esperar la respuesta del Señor y someter su queja a la corrección divina.

En este diálogo sagrado, Dios revela que la fe auténtica no nace de la claridad de las circunstancias, sino de la confianza absoluta en Su carácter. Estos versículos no solo confrontaron a Habacuc; se convirtieron en fundamento para Romanos, Gálatas y Hebreos. Aquí descubrimos que “el justo por su fe vivirá” no es un lema poético, sino la esencia misma de la vida cristiana.

«He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá.” (Habacuc 2:4)

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Una Fe con Esperanza: Dios mío, Santo mío, Roca mía.

Cuando las circunstancias y la incertidumbre nos hacen clamar, la fe en quién es Dios es el ancla que mantiene firme el corazón. El profeta Habacuc vivió tiempos de injusticia y confusión, pero en medio de su angustia levantó una oración muy profunda, llena de verdades:

“¿No eres tú desde el principio, oh Jehová, Dios mío, Santo mío?” (Habacuc 1:12)

Esta sencilla frase encierra una verdad profunda: la fe con esperanza nace del conocimiento de quién es Dios. No se trata solo de creer que Dios existe, sino de confiar plenamente en su carácter.

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Una Fe Fortalecida, por la revelación de Dios

Cuando enfrentamos momentos de incertidumbre, debemos recordar que Dios no reacciona al presente: Él gobierna desde la eternidad. En Habacuc y Daniel vemos cómo su visión trasciende los hechos inmediatos, revelando que incluso los eventos adversos son parte de su diseño soberano. Una fe fortalecida implica confiar en que las decisiones de Dios, aunque misteriosas hoy, preparan un futuro justo y lleno de propósito divino.

Habacuc y Daniel vivieron tiempos difíciles. Ambos vieron cómo los imperios se levantaban y caían, y cómo el pueblo de Dios sufría por causa del pecado y la injusticia. Pero en medio de todo, aprendieron una lección profunda: Dios ve más allá de los hechos inmediatos y actúa con un propósito eterno que busca fortalecer nuestra fe.

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Una Fe Perturbada

El profeta Habacuc nos deja ver un lado muy humano: un corazón confundido ante la injusticia y el aparente silencio de Dios. Vivía tiempos difíciles, llenos de violencia, corrupción y maldad. Y al mirar a su alrededor, no entendía por qué parecía que Dios no hacía nada.

Su fe parecia perturbada, su frustración era muy alta, pero en su clamor nos demuestra que no había dejado de creer, simplemente no comprendía y a causa de la injusticia y la maldad que lo indignaban como ciudadano del pueblo y reino de Dios le clama diciendo: «¿Hasta cuando oh Jehová?».

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La Fe como fruto de la Soberania de Dios

Habacuc nos enseña a cómo vivir con fe cuando todo se derrumba y como adorar a Dios aún en la dificultad.

El Libro de Habacuc, fue escrito por el profeta homónimo, cuyo nombre se puede traducir como el que se aferra, o el abrazo fuerte. Esto en la analogía de cómo se aferró a Dios en cuanto a su fe, para mantenerse firme aun en la dificultad.

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Un Matrimonio Poderoso

Aquila y Priscila personifican el ejemplo de un matrimonio poderoso desde la perspectiva espiritual y no desde la visión mundana actual.

Las cartas del apostol Pablo nos muestran cómo Priscila y Aquila se mantenían unidos como matrimonio sin importar las circunstancias adversas que vivieron al ser expulsados de Roma; nos enseñan que trabajaban fuera de su área de confort y lo hacen enseñando en todo tiempo el evangelio y la palabra de Dios, aún cuando esto pusiera en riesgo su propia vida.

Por ello, los 4 puntos de un matrimonio según la biblia que esta predicación nos enseña son:

  1. Un matrimonio poderoso se mantiene  unido superando las adversidades.
  2. Un matrimonio poderoso no se mantiene en su área de confort.
  3. Un matrimonio poderoso enseña la palabra de Dios.
  4. Un matrimonio poderoso está dispuesto a exponer su vida por ser colaborador en Cristo Jesús.
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La fidelidad de Dios

La historia nos muestra que Dios es fiel.

Él Cumple sus promesas, pero también corrige con justicia. No depende del poder humano ni de la estrategia militar, como nos enseñó Caleb, sino de la obediencia y la confianza en Dios. Y aunque Moisés no entró en la tierra prometida, tuvo el honor de morir en amistad con Dios, quien mismo lo enterró reconociéndole como su siervo, sin que hubiera un profeta como él.

Su legado fue espiritual: condujo al pueblo hasta la frontera de la promesa, y dejó un ejemplo de liderazgo humilde y obediente.

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